La importancia de los dictámenes periciales
Las experiencias profesionales más satisfactorias suelen serlo tanto para quien encarga y oportunamente recibe el dictamen pericial, como para quien lo redacta y firma en conciencia. Lo deseable es que esto se produzca iniciando una digna, edificante y próspera relación entre operadores jurídicos para definir el enunciado y la solución eficaz de algún problema, o conjunto de problemas, de gran alcance y gravedad.
Hoy ya nadie discute la importancia de los dictámenes en la impartición de la justicia. Por eso interesa que los peritos que desarrollan su ejercicio profesional tengan la mejor preparación posible. A tal efecto cabe distinguir entre la experiencia profesional y la formación continua. La primera para saber analizar los problemas y proponer soluciones. La segunda para estar al día ante la avalancha legislativa que se da en todos los campos.
Parece obvio que el juez, considerado perito de peritos, otorga un valor incuestionable a la opinión pericial del experto elegido mejor cualificado. Además, si el investigador utiliza en el cuerpo de su estudio la ciencia y la técnica como herramientas y soporte de su dictamen, pocas personas podrán oponerse a su conclusión. Se comprende que la sociedad acoja como un ‘acto de fe’ creer en la sabiduría del investigador forense, sobre todo si éste demuestra su experiencia, su profesionalidad y su solvencia. Ante un contundente dictamen pericial, la prueba confesional dejó de ser la reina y definitiva para la impartición de la justicia. Se trata de la consolidación de la riqueza de la investigación y, por tanto, del surgimiento de grupos numerosos de científicos sensibles a la problemática delictiva.
En la misma Historia encontramos numerosos ejemplos de la desconfianza inicial en la ciencia. Todavía a inicios del siglo XVII, se desdeñaba el uso de las lentes diseñadas por los artesanos porque deformaban los objetos, y a su parecer deformaban la realidad de lo que observaban. Tuvo que ser el propio Galileo Galilei el que sacudiera ese raciocinio del supuesto engaño de las lentes: “Puede ocurrir que, a través de las figuras vistas en el anteojo se logre conocer la realidad mejor que a simple vista”. Una vez que la evolución de la ciencia ha justificado sobradamente sus métodos, la sociedad tiende a creer en los expertos que recurren a ella.
Actualmente, grandes profesionales son requeridos para peritar, buscando que la opinión pericial sea incuestionable. Pero esto no es garantía de éxito. El título, el renombre y la aceptación social de un individuo son una positiva circunstancia, pero no determinantes para el esclarecimiento de los hechos. Hace falta rigor exhaustivo, experiencia, objetividad, profesionalidad y sobrados conocimientos en el perito.
Porque, la triste realidad de un trabajo rutinario y poco profesional implica que se pasen por alto procedimientos importantes para el desahogo de una diligencia judicial, lo que produciría que elementos relevantes en la investigación quedaran fuera de contexto al ser presentados, por ejemplo, inoportunamente, o que se presuma que fueron contaminados por el mismo perito al carecer de las técnicas adecuadas para preservar la evidencia. Cuando la emoción del investigador poco preparado predomina sobre sus conocimientos, deja de lado datos y manejos adecuados de la evidencia.
La deficiente investigación pericial y la ausencia de una clara metodología conllevan graves riesgos de inequidad, prejuicio, arbitrariedad y desprecio de la ciencia y la justicia. Nadie tiene la verdad como propiedad exclusiva, aunque, como define la Real Academia Española de la Lengua: “Perito es aquella persona que, poseyendo determinados conocimientos científicos, artísticos, técnicos o prácticos, informa, bajo juramento, al juzgador sobre puntos litigiosos en cuanto se relacionan con su especial saber o experiencia”.
El propio experto debe considerar su dictamen pericial como un instrumento imperfecto pero capaz de ser perfeccionado, y tratar entonces de corregirlo, de extraer de él otros lenguajes menos defectuosos, más claros y contundentes, y de construir un camino que permita captar mejores aproximaciones a la realidad de cómo sucedieron los hechos.
Cualquiera puede realizar un informe, y ningún ser humano es, en principio, incapaz de emitir o recibir alguno. Para informar basta con presenciar, o incluso sólo con entender, para después describir la verdad con la mayor precisión posible. Sin embargo, un dictamen, es decir, todo lo que pueda y deba ser considerado como dictamen, necesariamente, tiene que ir más allá de la pura, simple y plana descripción. Es recomendable que, si existen informes previos al dictamen, o testimonios que puedan o deban hacerse constar, sean anexados al documento final y por supuesto, deberían de ser también expresamente considerados, y mejor aún, formal, literal, oportuna y precisamente citados por el experto que ha de dictaminar al respecto.
|